Imaginemos
un hipotético mundo en el que la mayoría de la gente tiene el oído
embotado por la suciedad. Habría gente que oiría poco, gente que no
oiría casi nada y sordos totales; luego estarían las minorías que
conservaran su oído intacto, bien porque dadas sus características
innatas, sus orejas fuesen más difíciles de ensuciarse, bien porque
a menudo se molestasen en limpiarlas o por las dos cosas juntas. La
palabra escrita sería la principal forma de comunicarse y todas las
personas irían con una pequeña pizarra de bolsillo y uno o varios
rotuladores para poder expresarse. Probablemente la industria de la
literatura se lucraría mucho, y pronto los gobernantes tendrían el
monopolio de ella, vendiéndose libros a montones. La enseñanza
académica se sometería a los dictados de la nueva sociedad, y las
clases se impartirían escribiendo textos en la pizarra en lugar de
hablando. Los sonidos empezarían a verse como algo inexistente, que
como nadie parecería percibir, no convendría tener en cuenta. Todo
el sistema se adaptaría a ese nuevo orden llegando a premiar con
éxito social, prestigio y bienes materiales a los que no escuchasen
nada (o lo fingieran) y marginando y tratando de dementes a los que
dijesen oir. Cuando en el colegio, un niño hablara y dijera que
escucha se le llevaría a psicólogos especiales que con sus pizarras
y rotuladores les explicarían que lo que dicen oir es fantasía y
que las palabras que salen de su boca son imaginaciones suyas,
subjetivas, que sólo está gesticulando con sus labios y que tiene
que desprenderse de ese tic nervioso. Y qué mejor prueba de ello que
el hecho de que los demás no puedan oirlas, les dirían embriagados
de ese falso sentimiento de seguridad que dan a muchos los títulos y
la opinión de las mayorías, y que suele ir unida a esas profesiones. Si se juntaran
dos o más de esos niños y hablasen entre sí, sería peor, les
acusarían de estar burlándose de los demás y les acosarían entre
todos. La violencia aumentaría, ya que nadie podría escuchar las
quejas ni los gritos de dolor de los demás. Pero la cosa no acaba
aquí, también habría mucha más contaminación acústica, tanta
que sería insoportable para un oído sano. Proliferarían las
fábricas con maquinaria ruidosa y las ciudades acabarían siendo
terriblemente ensordecedoras.
Muchos
de esos niños capaces de oir bien, acabarían optando por someterse
a la nueva sociedad, se colocarían tapones en los oídos, ya que
sufrirían dos tipos de presión: el ruido insoportable y constante a
su alrededor y el trato despectivo de los demás, que les tildarían
de excéntricos hipersensibles que se quejan de algo que “no
existe” y que “echan cuento”. “Mira todos esos niños,
también sufren lo mismo que tu y no se quejan”, “el mundo no se
va a adaptar a ti, así que adáptate tu a el”, “nadie va a
quitar todas esas cosas que dices que te molestan por ti, no eres el
ombligo del mundo”, “la sociedad tiene sus reglas”... Frases
como esas constituirían una constante presión hacia ellos. Ni que
decir tiene que los más propensos a ceder a los dictados de la nueva
sociedad y dejar de escuchar, serían los que oyeran sólo un
poquito, los sordos no tendrían que renunciar a nada puesto que ya
estarían agusto. Y cuando un niño de esos creciera y, siendo ya
adulto, encontrara a otro que estuviera sufriendo todavía por
haberse negado a dejar que su oído se embote, le diría que es un
egoísta y un cobarde, o que es “inmaduro” y “no sabe como
funciona el mundo real”, o que “vive en una fantasía utópica”,
le diría que el tuvo que hacer muchos esfuerzos para encajar en el
nuevo sistema, añadiéndole más confusión, desazón y sufrimiento
del que ya por si llevara a cuestas. Con toda probabilidad,
discutirían sobre quien es capaz de oir más y a quién le ha
costado sacrificar más de su oído, al que ya dejó de oir acabarían
por no quedarle argumentos lógicos y justos, pero siempre podría
echar mano del comodín: “Yo puedo vivir en esta sociedad y tu con
tus ideas te vas a morir de hambre y soledad”. Y el que oyese al
cien por cien dudaría mucho de sí mismo, pensaría que quizás
fuese verdad que es “débil” y que probablemente debiera hacer
como el otro y sepultar su oído para siempre. Empezaría a dudar de
que su capacidad fuese un don natural, y a preguntarse si no es mas
bien una maldición.
Tal
sería el grado de ridiculización, marginación y presión al que se
sometería a las personas que oyen, que al llegar a la edad adulta,
sólo un 1% de la población conservaría algo de su oído, eso sí,
a costa de pagar el caro precio de la exclusión social y la dura
soledad. Estos pocos valientes, que en todo momento defenderían la
verdad insistiendo en que lo antinatural es la sordera, lo perderían
casi todo. Por otro lado, los que hubieran crecido sacrificando su
oído, pegarían y castigarían a sus hijos para que encajaran en las
nuevas reglas del juego. Las chicas dirían que los sordos son
viriles y que los que dicen oir son unos afeminados “lloricas”
que no hacen más que quejarse, y los chicos por su parte declararían
que las sordas son encantadoras y que las que hablan de sonidos son
ridículas; por lo tanto, encontrar pareja teniendo el oído sano
sería una odisea casi imposible.
La
mayoría de los científicos, vendidos al poder reinante,
justificarían con teorías “objetivas” y “datos empíricos”
que los sonidos no existen y que quienes dice percibirlos alucinan.
Cuando saliera un científico honesto que demostrara que las ondas de
sonido existen realmente y que el problema es que la mayoría de los
seres humanos tienen el oído tan sucio que no son capaces de
percibirlas se les tacharía de “magufos” y a sus teorías de
“pseudociencia”. También casi todos de periodistas y
profesionales de los medios de comunicación se venderían a esto, y
abundarían los programas de televisión donde con subtítulos se
hablara de “la demencia de los que dicen oir” y otros temas
similares en los que siempre se tratara el sonido como algo irreal.
La música no existiría, y la gente, aunque sin saber de donde les
viene, notaría una gran pena en el fondo de su corazón por no poder
sentirla y disfrutarla. Pero más aún sufrirían esto los que
pudieran todavía escuchar, que estarían condenados a cantar en
soledad las canciones que se les ocurrieran sin poder compartirlas
con nadie, pues sería muy difícil que dos personas de estas se
encontrasen y más aún que se reconociesen.
Podría
seguir describiendo este terrible mundo imaginario, pero creo que con
este esbozo es suficiente para hacerse una idea de lo que quiero
transmitir. Hay dos finales posibles para esta historia: el final
malo, que la gente que aún escucha acabe desapareciendo del planeta
y eso conlleve a la destrucción de la humanidad, o el final feliz,
que los que oyen se vayan uniendo poco a poco, convenciendo a los que
eligieron dejar de oir de que vuelvan a ser ellos mismos, formen
grupos cada vez más grandes, cojan fuerza y derroquen a los
opresores que crearon ese orden de cosas, recuperando el mundo sano,
pleno y natural que era en sus orígenes.
Si
cambiamos la sordera de ese mundo inventado por insensibilidad,
embrutecimiento, hipocresía, falta de moral, solipsismo, poca
inteligencia e ignorancia, la suciedad en los oídos por “suciedad
de corazón” y la capacidad de oir por sensibilidad, empatía,
integridad, honestidad, valores morales, inteligencia, conocimiento y
sabiduría, no nos queda otra cosa que el mundo real que estamos
viviendo. ¿Cuál será el final de esta “historia”? ¿El bueno o
el malo? Como persona que nunca ha dejado que le arrebaten su “agudo
sentido del oído”, debo decir que lamentablemente veo muy pocas
probabilidades de que sea el bueno. Sin embargo, considero que es mi
deber moral intentar transmitir estas cosas y gritar desde aquí:
¡Eeeeeh! ¿¡Hay alguien ahí aparte de mi que todavía pueda
“oir”!?