miércoles, 12 de febrero de 2014

Un mundo ensordecido

Imaginemos un hipotético mundo en el que la mayoría de la gente tiene el oído embotado por la suciedad. Habría gente que oiría poco, gente que no oiría casi nada y sordos totales; luego estarían las minorías que conservaran su oído intacto, bien porque dadas sus características innatas, sus orejas fuesen más difíciles de ensuciarse, bien porque a menudo se molestasen en limpiarlas o por las dos cosas juntas. La palabra escrita sería la principal forma de comunicarse y todas las personas irían con una pequeña pizarra de bolsillo y uno o varios rotuladores para poder expresarse. Probablemente la industria de la literatura se lucraría mucho, y pronto los gobernantes tendrían el monopolio de ella, vendiéndose libros a montones. La enseñanza académica se sometería a los dictados de la nueva sociedad, y las clases se impartirían escribiendo textos en la pizarra en lugar de hablando. Los sonidos empezarían a verse como algo inexistente, que como nadie parecería percibir, no convendría tener en cuenta. Todo el sistema se adaptaría a ese nuevo orden llegando a premiar con éxito social, prestigio y bienes materiales a los que no escuchasen nada (o lo fingieran) y marginando y tratando de dementes a los que dijesen oir. Cuando en el colegio, un niño hablara y dijera que escucha se le llevaría a psicólogos especiales que con sus pizarras y rotuladores les explicarían que lo que dicen oir es fantasía y que las palabras que salen de su boca son imaginaciones suyas, subjetivas, que sólo está gesticulando con sus labios y que tiene que desprenderse de ese tic nervioso. Y qué mejor prueba de ello que el hecho de que los demás no puedan oirlas, les dirían embriagados de ese falso sentimiento de seguridad que dan a muchos los títulos y la opinión de las mayorías, y que suele ir unida a esas profesiones. Si se juntaran dos o más de esos niños y hablasen entre sí, sería peor, les acusarían de estar burlándose de los demás y les acosarían entre todos. La violencia aumentaría, ya que nadie podría escuchar las quejas ni los gritos de dolor de los demás. Pero la cosa no acaba aquí, también habría mucha más contaminación acústica, tanta que sería insoportable para un oído sano. Proliferarían las fábricas con maquinaria ruidosa y las ciudades acabarían siendo terriblemente ensordecedoras.

Muchos de esos niños capaces de oir bien, acabarían optando por someterse a la nueva sociedad, se colocarían tapones en los oídos, ya que sufrirían dos tipos de presión: el ruido insoportable y constante a su alrededor y el trato despectivo de los demás, que les tildarían de excéntricos hipersensibles que se quejan de algo que “no existe” y que “echan cuento”. “Mira todos esos niños, también sufren lo mismo que tu y no se quejan”, “el mundo no se va a adaptar a ti, así que adáptate tu a el”, “nadie va a quitar todas esas cosas que dices que te molestan por ti, no eres el ombligo del mundo”, “la sociedad tiene sus reglas”... Frases como esas constituirían una constante presión hacia ellos. Ni que decir tiene que los más propensos a ceder a los dictados de la nueva sociedad y dejar de escuchar, serían los que oyeran sólo un poquito, los sordos no tendrían que renunciar a nada puesto que ya estarían agusto. Y cuando un niño de esos creciera y, siendo ya adulto, encontrara a otro que estuviera sufriendo todavía por haberse negado a dejar que su oído se embote, le diría que es un egoísta y un cobarde, o que es “inmaduro” y “no sabe como funciona el mundo real”, o que “vive en una fantasía utópica”, le diría que el tuvo que hacer muchos esfuerzos para encajar en el nuevo sistema, añadiéndole más confusión, desazón y sufrimiento del que ya por si llevara a cuestas. Con toda probabilidad, discutirían sobre quien es capaz de oir más y a quién le ha costado sacrificar más de su oído, al que ya dejó de oir acabarían por no quedarle argumentos lógicos y justos, pero siempre podría echar mano del comodín: “Yo puedo vivir en esta sociedad y tu con tus ideas te vas a morir de hambre y soledad”. Y el que oyese al cien por cien dudaría mucho de sí mismo, pensaría que quizás fuese verdad que es “débil” y que probablemente debiera hacer como el otro y sepultar su oído para siempre. Empezaría a dudar de que su capacidad fuese un don natural, y a preguntarse si no es mas bien una maldición.

Tal sería el grado de ridiculización, marginación y presión al que se sometería a las personas que oyen, que al llegar a la edad adulta, sólo un 1% de la población conservaría algo de su oído, eso sí, a costa de pagar el caro precio de la exclusión social y la dura soledad. Estos pocos valientes, que en todo momento defenderían la verdad insistiendo en que lo antinatural es la sordera, lo perderían casi todo. Por otro lado, los que hubieran crecido sacrificando su oído, pegarían y castigarían a sus hijos para que encajaran en las nuevas reglas del juego. Las chicas dirían que los sordos son viriles y que los que dicen oir son unos afeminados “lloricas” que no hacen más que quejarse, y los chicos por su parte declararían que las sordas son encantadoras y que las que hablan de sonidos son ridículas; por lo tanto, encontrar pareja teniendo el oído sano sería una odisea casi imposible.

La mayoría de los científicos, vendidos al poder reinante, justificarían con teorías “objetivas” y “datos empíricos” que los sonidos no existen y que quienes dice percibirlos alucinan. Cuando saliera un científico honesto que demostrara que las ondas de sonido existen realmente y que el problema es que la mayoría de los seres humanos tienen el oído tan sucio que no son capaces de percibirlas se les tacharía de “magufos” y a sus teorías de “pseudociencia”. También casi todos de periodistas y profesionales de los medios de comunicación se venderían a esto, y abundarían los programas de televisión donde con subtítulos se hablara de “la demencia de los que dicen oir” y otros temas similares en los que siempre se tratara el sonido como algo irreal. La música no existiría, y la gente, aunque sin saber de donde les viene, notaría una gran pena en el fondo de su corazón por no poder sentirla y disfrutarla. Pero más aún sufrirían esto los que pudieran todavía escuchar, que estarían condenados a cantar en soledad las canciones que se les ocurrieran sin poder compartirlas con nadie, pues sería muy difícil que dos personas de estas se encontrasen y más aún que se reconociesen.

Podría seguir describiendo este terrible mundo imaginario, pero creo que con este esbozo es suficiente para hacerse una idea de lo que quiero transmitir. Hay dos finales posibles para esta historia: el final malo, que la gente que aún escucha acabe desapareciendo del planeta y eso conlleve a la destrucción de la humanidad, o el final feliz, que los que oyen se vayan uniendo poco a poco, convenciendo a los que eligieron dejar de oir de que vuelvan a ser ellos mismos, formen grupos cada vez más grandes, cojan fuerza y derroquen a los opresores que crearon ese orden de cosas, recuperando el mundo sano, pleno y natural que era en sus orígenes.

Si cambiamos la sordera de ese mundo inventado por insensibilidad, embrutecimiento, hipocresía, falta de moral, solipsismo, poca inteligencia e ignorancia, la suciedad en los oídos por “suciedad de corazón” y la capacidad de oir por sensibilidad, empatía, integridad, honestidad, valores morales, inteligencia, conocimiento y sabiduría, no nos queda otra cosa que el mundo real que estamos viviendo. ¿Cuál será el final de esta “historia”? ¿El bueno o el malo? Como persona que nunca ha dejado que le arrebaten su “agudo sentido del oído”, debo decir que lamentablemente veo muy pocas probabilidades de que sea el bueno. Sin embargo, considero que es mi deber moral intentar transmitir estas cosas y gritar desde aquí: ¡Eeeeeh! ¿¡Hay alguien ahí aparte de mi que todavía pueda “oir”!?